“Estas navidades ZP te recuerda: si fumas, a la calle; si bebes, sin puntos; si corres, a la cárcel; si eres gordo, a régimen; las corridas, sin toros; el fútbol, sólo del Barça; la Navidad, sin belén. Sólo gobernamos pensando en como darte por culo, que para eso lo hemos legalizado”
El otro día me llegaba un mensaje con este tenor y, con independencia de su crítica al Gobierno de Zapatero, en donde combina lo jocoso con aquello rayano con lo soez, creo interesante entrar en el sentimiento que subyace en el mismo y vincular éste con las reflexiones que ya adelantaba en mi comentario sobre la prohibición de la Fiesta de los Toros.
Vaya por delante que no voy a realizar en este artículo una crítica al Gobierno actual, ya que la cuestión de fondo que se plantea aquí al tratar de dibujar la frontera entre lo público y lo privado en un Estado Social, es un problema tradicional que ha preocupado a la teoría clásica liberal desde el nacimiento del Estado moderno y, particularmente, desde el surgimiento del Estado Social. No obstante, es ahora cuando parece que la reflexión urge más que nunca, dados los niveles de penetración social del Estado, de intervencionismo y de paternalismo que se están observando. Y es cierto que esto tiene en el actual gobierno socialista un ejemplo inmejorable, sobre todo en el intento de forjar a fuerza de ley una ciudadanía militante con los idearios y “valores” que el Gobierno predica.
Pero vayamos poco a poco. He escogido el título “Dos conceptos de libertad” reproduciendo el que un clásico de la teoría del Estado, Berlin, daba a una de sus obras. En ella sintetiza la distinción, que ya otros autores como Constant apuntaban, sobre la necesidad de diferenciar en las sociedades modernas entre dos conceptos de libertad: por un lado, la libertad positiva; y, por otro, la libertad en sentido negativo.
Señalaba Berlin que la libertad para los antiguos era una libertad en sentido positivo, entendida ésta como el ejercicio del poder político. La libertad de las personas para gobernar o, al menos, para elegir a sus gobernantes. Este concepto de libertad es el que está en la base de las instituciones democráticas que exigen la participación de los ciudadanos en el gobierno.
Frente a ella se sitúa el concepto de libertad negativa, que supone la exigencia de un ámbito libre de obstáculos a la acción del individuo, un “coto vedado” a la intervención del gobierno. Se trataría de un ámbito privado de libertad ilimitada para los individuos. Y a ello es a lo que se llama la libertad individual y es el que se encuentra en la raíz de las instituciones liberales de protección de los derechos individuales.
Tal y como indica Berlin, la libertad basada en que uno sea su propio amo –libertad positiva-, y la basada en que uno no sea estorbado por otros hombres –libertad negativa-, no distan mucho; pero, sin embargo, históricamente se han desarrollado en sentidos divergentes y han entrado en conflictos.
Y es que no se puede confundir la igualdad y la fraternidad con la libertad, ni siquiera la soberanía popular con la libertad. Los mayores despotismos y totalitarismos se han fundado en valores como la igualdad y la fraternidad (véase el comunismo soviético), olvidando la libertad; pero, incluso, un régimen democrático no tiene que significar libertad –en sentido negativo-. Podríamos encontrarnos con regímenes democráticos donde existe un régimen de libertad positiva, es decir, derechos políticos de participación y elección de los gobernantes, que no sean respetuosos con la libertad individual –tiranías de la mayoría…-. Y también podrían existir regímenes autocráticos en los que no existiendo derechos democráticos, el gobernante sí que respetara un amplio margen de libertad individual a sus ciudadanos.
En definitiva, aunque de inicio puedan parecerse, no podemos confundir la libertad positiva, con la libertad negativa; la existencia de unas libertades democráticas –en el sentido de derechos de participación política-, con la libertad individual –disponer de un espacio en el que el poder político, sea o no expresión de una mayoría democrática, no pueda penetrar-.
Así las cosas, el Estado surge históricamente como una forma política que se caracteriza por el monopolio legítimo de la coacción y, en definitiva, del poder. A lo largo de la Historia esto no había sido así. Las formas políticas del feudalismo, por ejemplo, se caracterizaban por un fraccionamiento del poder, cada señor feudal era titular de ese “poder político”. Con el Estado, el poder político se concentra en un único ente, el soberano, el cual puede residenciarse bien en un origen divino, nacional o, definitivamente y tal y como lo concebimos actualmente, popular. La soberanía reside en el pueblo español, reza nuestra Constitución, y de él emanan todos los poderes del Estado.
Pues bien, al constituir el Estado como forma política surge inmediatamente la cuestión de cómo combinar ese poder absoluto y único –ya fuera expresión de una voluntad divina, de la voluntad de un ente etéreo como la nación o de la voluntad popular-, con la existencia de un ámbito de libertad de los individuos. Una vez que se asume la residenciación del poder en el pueblo, hablaríamos entonces de cómo armonizar la existencia de esa voluntad general –expresada a través del Estado-, con la voluntad individual. Hete aquí el gran dilema del Estado moderno. Estos son los dos grandes pilares sobre los que se asienta el Estado liberal. Democracia (voluntad general) vs. Libertad (voluntad individual). Monismo vs. Pluralismo. Y es que la democracia lleva al monismo, a la imposición de unos fines generales; frente al pluralismo, que supone respetar la libertad de cada uno.
Los grandes autores de la teoría del Estado clásica han ido perfilando las corrientes liberal y democrática que diseñan este modelo de Estado. Hobbes, Locke, Kant y Rawls son expresión de la corriente liberal. Rousseau y los autores comunitaristas, por su parte, serán representativos de la ideología democrática.
En cualquier caso, esta dicotomía entre democracia y libertad nos lleva a tener que distinguir entre lo público y lo privado. La existencia de un ámbito público, en el que es necesario limitar la libertad de los individuos para salvaguardar la convivencia e imponer ese orden determinado por la voluntad general; y un ámbito privado, en el que se da un especio ilimitado para la libertad individual.
El problema está en saber dónde se ha de dibujar la frontera entre esos dos territorios. Y esa ha sido entonces una cuestión básica para los teóricos del Estado. Aquellos que se inscribían en la corriente democrática, debían buscar la manera de salvaguardar los derechos y libertades individuales partiendo de la existencia de una todopoderosa voluntad general; y los liberales que, partiendo del reconocimiento de las libertades individuales, tenían que conseguir armonizarlos con la existencia de un interés general. De ello se deriva la necesidad de trazar la frontera entre el ámbito público y el privado.
Ahora bien, como decía Berlin, esta frontera es siempre reconocible, pero resulta variable. Dónde se sitúa la frontera en un momento u otro puede cambiar. Así, por ejemplo, con el advenimiento del Estado social esa frontera entre lo público y lo privado se ha elevado suponiendo una ampliación del ámbito público y permitiendo una mayor intervención del Estado. Pasamos de ese Estado que asumía en el siglo XVIII prácticamente unas funciones de “policía”, a un Estado social y, por tanto, intervencionista.
Lo que se plantea ahora es, en consecuencia, si el nivel de la barrera es el adecuado o si, por el contrario, podemos habernos “pasado” elevando el listón y conviene recuperar algo de esa “libertad negativa”, de esas libertades individuales y, en general, en pro de un mayor pluralismo. Hago un matiz, aquí voy a plantear la cuestión desde un punto de vista social y no desde la perspectiva económica, porque en el caso de la economía creo que se ha llevado una deriva totalmente distinta, dando paso a un liberalismo extremo que es el que, en ausencia de controles e intervención del Estado, ha provocado esta crisis.
Esto lo dejo para la segunda parte del artículo… (conviene no aburrir al lector y esta sección ha venido con mucha carga teórica. Prometo que la siguiente será más amena y práctica).
Germán T.



Por favor, puedes concretar un poco más la frase: “en el actual gobierno socialista un ejemplo inmejorable, sobre todo en el intento de forjar a fuerza de ley una ciudadanía militante con los idearios y “valores” que el Gobierno predica”.
Creo que con esta segunda parte donde refiero algunos ejemplos concretos puede quedar explicada esa afirmación.
Por cierto, casualmente hoy publica el diario ABC en su tercera un artículo de HERMANN TERTSCH, llamado “la amenaza de la igualdad” donde, desde un punto de vista diferente aunque en ciertos puntos coincidente, plantea como la extensión de los dogmas igualitarios puede suponer una amenaza para nuestra sociedad. Comparto esa afirmación, aunque él la realiza con el fin de defender que no todos merecen el mismo trato… Mi propósito era poner de manifiesto que esos dogmas pueden llevarnos a un monismo social que cercene la riqueza del pluralismo y el pensamiento libre.
http://www.abc.es/20100108/opinion-tercera/amenaza-igualdad-20100108.html
Hasta cierto punto comparto también lo dicho por Tertsch -incluida la crítica a Zapatero-. Y es que no podemos igualar a todos. Eso se ve muy claramente en el sistema educativo. Se ha construido un sistema educativo donde se iguala por lo bajo. Se ha proscrito cualquier recompensa al mérito, el reconocimiento público a aquellos que se esfuerzan y trabajan y que ahora quedan igualados con aquellos que optan por seguir la “ley del mínimo esfuerzo”. Se iguala por la mediocridad y para ello se oculta el mérito. Un ejemplo de ello que incluye también esa policía del lenguaje que vela por lo “políticamente correcto”. Los antiguos Premios extraordinarios fin de carrera, pasan ahora a llamarse “premios al rendimiento académico”. Sin duda, algo mucho más sutil y rebajado… No puede uno reconocer la excelencia abiertamente…
Coincido con TERTSCH en que debemos recuperar la “cultura de la excelencia” y ello exige no dar un trato igual a quienes no son iguales. Hay que garantizar una igualdad formal -es decir, que todos seamos iguales ante la Ley-, y también una igualdad material -que todas las personas dispongan de los mínimos sociales para alcanzar las más altas metas con independencia de su condición de origen-; ahora bien, hay que premiar al esforzado, el mérito, al trabajador y reconocerlo frente al parias que vive a costa de la sociedad.
Contesto a este post habiendo leído la parte I y II de tu artículo. Disculpad la simpleza de las palabras usadas en mi respuesta en contraste con la precisión técnica del artículo principal, pero he preferido ser llano en la expresión ;)
Quizá es que en nuestra sociedad equivocamos “igualdad” con “identidad” (concepto matemático… x+y=y+x). Entiendo que un Estado debe proteger la igualdad de sus ciudadanos otorgándoles a todos ellos los mismos derechos y exigiéndoles los mismos deberes. Por el contrario, un Estado no puede pretender que todos sus ciudadanos sean clones entre sí.
Lo que ocurre hoy en nuestro país es que estamos virando hacia la “idea del bien” de que todos hemos de ser a imagen y semejanza de un molde común, de un estándar. Hecho imposible ya que cada ser humano es biológicamente distinto de otro, y por ende tiene unas capacidades, habilidades, metas, pensamientos… que lo caracterizan del resto y lo hacen DIFERENTE, imposibilitando de forma tajante, necesaria e irremediable la existencia de igualdad en el sentido estricto de la palabra.
Si un Estado garantiza lo básico a todo ciudadano: un pico, una pala, un saco de cemento y 5 monedas de oro; la respuesta será muy heterogénea. Algunos (sujeto 1) harán uso del material para construir su casa y con el oro comprarán la simiente para sembrar el huerto y criar algún animal, entonces vivirán felices y comerán perdices. Otros (sujeto 2), por contra, cometerán el error de arriesgar el pico y la pala en juegos de azar, los perderán, y tendrán que pagar parte de las monedas para alquilar el material con el que construirán la casa, por desgracia lo pasarán peor al tener menos monedas para sacar el huerto adelante y tendrán que trabajar de jornaleros en otras tierras. Unos terceros (sujeto 3) venderán el pico, la pala, y el saco de cemento, y con ese dinero más las 5 monedas se dedicarán a vivir la vida hasta que ya no les quede nada, será entonces cuando comiencen a mendigar, a robar, a coaccionar y a asesinar a gente como los dos sujetos anteriores. Habrá una cuarta persona (sujeto 4) que, procediendo igual que el primero, llegará todavía más lejos puesto que comerciará con el excedente del huerto, comprará un arado, con el arado podrá arar la tierra, esta le dará mayor rendimiento, tendrá más excedente, comprará un carro para transportar la mercancía, comprará más tierras para sembrar, comprará más cemento para hacer crecer su casa, al tiempo se verá en la necesidad de contratar jornaleros los cuales podrán vivir a su costa, y con el paso de los años tendrá una vida plena y será envidiado por los sujetos anteriores…
… Cualquiera de los sujetos anteriores, con su casa y su huerto, tendrá un hijo. El hijo crecerá. Por desgracia el padre fallece y un terremoto acaba con su casa y con su huerto. ¿Debe este huérfano seguir la senda del sujeto 3? Lo lógico es pensar que el Estado deba proporcionarle un nuevo pico, una nueva pala, un nuevo saco de cemento, y cinco monedas de oro. A partir de ahí él forjará su nuevo destino.
Lo que no puede hacer un Estado es, para mantener a la prole contenta, dar infinitas palas, infinitos picos, infinitos sacos de cemento, e infinitas sacas de monedas de oro a los sujetos que se dedican a gastarlo todo sin mayor preocupación. Cabe reseñar de igual manera que el Estado NO es quien para negar al sujeto 4 todos los bienes que consiguió con el sudor de su frente, ni obligarle a éste a repartirlos a la ávida multitud de sujetos 3.
Es lógico que según esta filosofía surjan las envidias, los recelos, las ansias, las avaricias… que no dependen sino de las personas, cada cual diferente a la anterior y por tanto con un comportamiento impredecible ante una misma situación. Un Estado debe proporcionar a todos sus ciudadanos la misma base pero debe dejar la libertad para que cada cual elija su exponente, siempre y cuando el exponente no exceda los límites de la legalidad, entendiendo como tal unas leyes basadas en el sentido común.
Idéntica argumentación cabe en cuanto a la excelencia. No debería parecer injusto ni atrevido que el Estado decida premiar a aquel que, por su rendimiento académico o profesional, destaque sobre los demás. La intención es que siga mejorando, que siga en la vanguardia de aquello que le ha dado la excelencia. De igual modo tampoco se debiera recelar de que el patrón promocione al empleado que más beneficio le renta con su labor diaría, siempre honrada y diligente, su tesón, empeño y afán de superación. Estos premios, tanto para el Estado como para el patrón no suponen un gasto banal, sino más bien una inversión de futuro a medio y largo plazo que garantizará la existencia de una persona competente en su profesión, capaz, contenta y satisfecha.
El tema de la excelencia es un asunto realmente triste en nuestra España. La gente es muy recelosa, y creo que muchos no son conscientes de que cada persona puede llegar a ser excelente en un ámbito concreto de la vida. Y ya no sólo estamos hablando aquí en términos académicos o intelectuales, sino en todo aquello que se sirva de la técnica y del arte: desde aquel que arregla motores con una habilidad abrumadora, o el que es capaz de llegar con sus palabras al corazón de otros, a aquel que resuelve enigmas de la física, o al que juega al fútbol brindando maravilloso espectáculo al aficionado. Todo el mundo puede ser maestro en algo y todo el mundo tiene derecho a que se le reconozca, se le valore y se le premie de algún modo esa maestría.
Un premio sirve de empujón y de aliciente para que el premiado siga en esa línea, para que sea partícipe de que el esfuerzo merece la pena, siendo muchas veces la mejor recompensa una simple y llana gratificación, “dar las gracias” a alguien por haber hecho algo. Hoy se está perdiendo esta costumbre, y ya uno va al médico con sus derechos y exigencias por delante, o acude al restaurante predispuesto a encontrar ese pelo en la sopa, o va a la peluquería pensando en que como el peluquero me haga un destrozo la que le voy a liar… Con lo fácil que es agradecer y el valioso regalo que supone para con la otra persona.
Si se pierde la excelencia, se pierde todo. Nos volveremos todos máquinas insensibles, individualistas, egocéntricas, particulares, protegidas por “papá” Estado -me gustó la expresión-, y fans compulsivos de criticar al que “tiene” por el mero hecho de tener, sin preguntarnos al menos cómo lo consiguió.
Un saludo.
Aquí va un extraordinario artículo de Carlos Herrera sobre la prohibición de los toros
http://www.abc.es/20100308/opinion-tercera/toro-excusa-perfecta-20100308.html
[...] lingüística, suponen una grave agresión a la libertad individual, un atentado contra la libertad negativa tal y como la definieron Berlin o Constant, la libertad de quedar inmunes a la acción del gobierno, la libertad para poder buscar nuestra [...]
[...] libertad, de libertad negativa, por seguir los términos de Berlin a los que ya me he referido en algún artículo; y dejo fuera de consideración los derechos [...]
Un artículo creo que bastante acertado en el que se plantea el problema de los límites de lo “políticamente correcto” después de las anécdotas ocurridas últimamente con el Alcalde malhablado, Pérez Reverte y Dragó.
Pero además comparto la afirmación de la ignorancia generalizada y desoficiada de la actual casta política y la acusación de falta de diligencia en el contraste de información de los medios actuales.
http://www.abc.es/20101101/opinion-colaboraciones/publico-privado-20101101.html
[...] de permanecer exentos de intervenciones o mandatos externos –sobre esta cuestión véase “dos conceptos de libertad”-. El otro principio fundante de la Democracia debe ser, por tanto, la igualdad: todos los [...]