A raíz de la celebración por la victoria de la Selección Nacional en el Mundial de fútbol, leía un artículo de opinión en un periódico nacional –ahora no recuerdo cual- en el que el autor criticaba que hubiera salido al escenario Manolo Escobar para animar el “cotarro”. Decía este articulista que le había rememorado la “España de pandereta” que no terminábamos de abandonar. No quiero pensar qué le habrá parecido entonces cuando haya visto el “sarao” flamenco que le montaron a la Obama en Sacromonte.
Pues bien, si a éste señor le parecen estas cosas propias de “pandereta”; yo le contestaría que de “pandereta” y de “zambomba”, pero con mucho orgullo. Me siento orgulloso de mi cultura y de mis tradiciones. Ahora de lo que estoy harto es de ese complejo que tenemos como españoles. Cuba ya la perdimos hace mucho, Franco ya está enterrado y bien sepultado, y ha pasado tiempo como para volver a sentirnos orgullosos de nuestra cultura, de nuestras tradiciones y, en general, de nuestra Historia –tenemos incluso heroicos capítulos, como el que nos recordaba la semana pasada Pérez-Reverte, que duermen olvidados en la memoria de un país en el que parece que viviéramos resentidos con nuestro pasado-.
Francamente, estoy cansado de aquellos que miran con desprecio todo lo que huele a “antiguo”, cualquier cosa que se asocie a “tradición”, y, sin embargo, aplauden toda modernidad, aunque sea lo más vulgar. Me incomoda enormemente que tengan que venir los extranjeros a reconocer nuestra cultura y nuestras tradiciones. Que tuviera que ser un americano quien viniera a redescubrirnos las maravillas de la Alhambra que nosotros teníamos arrumbada y nos contara esos extraordinarios cuentos de nuestra tradición hispanoarábica. Que tenga que venir un Hemingway o un francés a defender nuestra Fiesta Nacional. Que bailar un pasodoble o entonar una copla sea de “casposos” –cuando no de “fachas”- en este país.
Para mí la España casposa de la que hay que desprenderse no es de nuestros folclores ni tradiciones; es de esa caterva de vicios que parece que llevan en la sangre muchos españoles y que por más que pasen los siglos no superamos. Empezando, por el desprecio a nuestro pasado, pero son muchos los otros que se suman a esta.
En mi opinión lo que es “casposo” es que hoy día la educación en España siga igual de mal que hace más de medio siglo. O aún peor. Que nuestros “políticos” –acompañados de la prensa y con el aplauso social- sólo se interesen en reducir las cifras “fracaso escolar”, aunque sea regalando títulos y sin interesarse de cuál es la causa de fondo. Sin preocuparse del dato que de verdad debiera estremecernos: los jóvenes españoles caen en picado en los índices que valoran sus conocimientos en ciencias básicas –matemáticas, historia…-. Es decir, que por más que tengamos títulos, somos cada vez más “bárbaros” incultos y ya cualquiera de nuestros vecinos nos puede mirar por encima del hombro entre países “civilizados”. Antes seríamos pobres, pero al menos teníamos educación.
Y ni que decir de la Universidad española. Los déficits que denunciaba Ortega y Gasset a principios de siglo, reiterados por Fernández Carvajal en los ochenta, se consuman como “ley general” con la última reforma universitaria.
Lo que me parece “casposo” es que después de treinta años de democracia todavía sigamos discutiendo las mismas cosas que en las Cortes Constituyentes de 1931 y no sepamos alcanzar puntos de encuentro entre quienes vivimos bajo un mismo techo. Que sigamos azotándonos cainitamente entre españoles, en puesto de buscar la mutua prosperidad y trabajar por el bien común.
Me da mucha pena que al modo del joven Lazarillo sigamos haciendo gala y loa de la “picaresca” malsana. Que en este país sea deporte nacional, junto con la envidia, la defraudación –especialmente la pública-. La de los (ir)responsables públicos, pero también la nuestra como ciudadanos. Porque en este país es de “tontos” el pagar impuestos y su defraudación es motivo de jactación en la barra del bar. Que sigamos aplaudiendo a quienes dicen aquello de que “yo no pago para que se lo lleven cuatro mangantes”. Por más que sean criticables nuestros políticos –por cierto aquellos que elegimos-, al final esa persona nos está defraudando a todos. Luego nos quejaremos de que no hay buenas carreteras o servicios públicos, de que no tenemos escuelas o nos quejaremos por nuestro sistema de salud.
Queridos amigos, eso es lo casposo. Lo que es de vergüenza es que nuestros mejores cerebros tengan todavía que exiliarse de España; ahora no huyendo de la guerra, sino de algo peor, de la dictadura de la mediocridad y de la envidia –ambas hermanas-, de la falta de reconocimiento. Y que aquellos esforzados que se terminan quedando se tengan que reunir en una organización llamada “precarios.org”. A los que seguro que no les falta el “pan de cada día” en este país es a la “asociación de amigos” del político de turno que con el carné en la boca del partido correspondiente pide la alfalfa para “apesebrar” a los “pillabichos” de turno o subvencionar la giliflautez de moda. Eso sí, cuanto más rara, más exótica y más moderna, mejor. Desde luego si lleva la palabra “género” tendrá las bendiciones apostólicas del laico gobierno. Y si le añades ya un “modernismo” perfecto, algo así como un “chachi”, un “super”, o un “cool” –éste todavía mejor porque es en extranjero y no usa esa lengua franquista que es el español-. En este país no se puede ser esforzado y trabajador, eso no vende; hay que hacer cosas que sean “chachis pirulas, juanicas la pelotingas” –lo pongo en el género de moda para que no se diga que hago un uso “machisto” del lenguaje-.
En fin, con el mayor folclore del mundo me canto un ¡Qué viva España!, desde el deseo de que algún día nos dejemos de complejos, nos reencontremos con nuestra tierra que nos vio crecer, con su historia y cultura, y podamos construir ese modelo de español abnegado y brillante, trabajador y esforzado –algo que ha sido propio en nuestro país aunque ahora tengan que estar escondidos para que no les parta las piernas la envidia canalla o con las maletas preparadas rumbo a otros lares-; y todo ello sin perder eso que nos hace también tan españoles, nuestra “gracia” y “salero”, nuestra “alegría” de vivir, la que nos lleva a estar todo el día trabajando pero a no renunciar a nuestra “cervecica” con los “compadres”. Sin renunciar a nuestras raíces, quitándonos esas “caspas” que arrastramos, éste es el modelo por el que debemos apostar, nuestra “marca hispánica”. Ese español que quiere su tierra y triunfa combinando la gracia y espíritu mediterráneo y latino, con el orden y empeño europeo.
Germán T.



Jajaja, yo más bien me considero cosmopolita. Y sí, la Educación da un poquito de pena, pero hace 50 años estaba la Ley Moyano, de 1857) que descaradamente disponía de itinerarios distintos en función de la posición social de los padres. Habemos mejorao.
Por cierto, ¿qué te parecen esos que van colgando cartelitos de Nación andaluza (estrella roja al centro)?
Esta sí que es la España casposa. La de miles de jóvenes preparados que se tienen que exiliar de nuestro país porque no encuentran trabajo ni reconocimiento:
http://www.abc.es/20100927/espana/huelga-201009270157.html
jajaja si quitas a los fuboleros se queda españa desierta con cuatro pirados que han ido a la universidad sin saber por que jajajaja.
Muy buen articulo. Comparto todas sus ideas
paloma