Leía hoy en el periódico noticias con las últimas grabaciones sobre el caso de corrupción en el Ayuntamiento de Murcia. No es nada nuevo en nuestro panorama político; un nuevo Ayuntamiento intervenido ante una supuesta trama de corrupción urbanística. Sin embargo, me han vuelto a venir a la cabeza algunas reflexiones sobre la privatización de la política y la degeneración democrática.
Creo que hoy día estamos viviendo una situación de grave degeneración de nuestro sistema político, aunque en realidad esto no es más que un síntoma de una enfermedad mucho más grave: la degeneración social que sufrimos en la actualidad. A ello ya me refería en el artículo “Elogio a la obscenidad”. Hoy, por cierto, igualmente veía en el periódico la última del Gran Hermano que parece que sigue en una tónica cada día más abocada a presentar a desoficidados hedonistas con pocas o ningunas inquietudes intelectuales ni humanas, más allá de acostarse con alguna y que lo vea España entera por la televisión.
Volviendo entonces a la dolencia que hoy nos toca, retomamos la cuestión de la degeneración del sistema político. Aquí debemos distinguir nuevamente dos partes de la cuestión. El otro día en una interesante conferencia, el Delegado del Gobierno en Murcia, Rafael González Tovar –a quien bien aprecio-, hablaba de los problemas de la política actualmente, si bien lo centraba sobre todo en la propia sociedad. Indicaba cómo había falta de compromiso social y político, falta de educación en la ciudadanía y de empatía por los asuntos públicos. Es cierto, comparto esta parte del análisis; pero creo que se quedaba cojo.
Hoy día hay un problema excepcional de privatización de la política a través de su instrumento básico en democracia: los partidos políticos. El hombre es un ser social por naturaleza, pero una vez que vive en sociedad necesita entonces de un orden político. La política asume la encomienda de regir los asuntos públicos y por ello debe encaminarse a la búsqueda del interés general –al menos en una democracia-. Pues bien, cabe entonces plantearse si de verdad aquellos que son el principal instrumento de una democracia, los partidos políticos, pretenden alcanzar el interés general y sus acciones se orientan al mismo.
Pues bien, la respuesta creo que es por todos consabida. Sinceramente creo que no. Hoy día los partidos políticos no velan ya por el interés general, sino por el propio interés del partido. Además, ese interés del partido se identifica cada vez más con el interés electoral: “ganar elecciones”. En nuestras democracias el instrumento se ha convertido en un fin en sí mismo. El fin de la política no es ganar elecciones, sino gestionar de forma óptima la “Res pública”. Las elecciones son el instrumento que en democracia se impone para decidir quiénes están legitimados para adoptar tales decisiones. Pero ganar las elecciones no es un fin, sino un instrumento.
En este sentido, el otro día oía en la radio una tertulia en la que los intervinientes afirmaban sin empacho que los partidos políticos tienen que estar preocupados de ganar las elecciones porque ese es su cometido. Reitero que no comparto tal aserto. De hecho, así nos van las cosas. Nos encontramos con que es imposible que los partidos políticos puedan alcanzar pactos de Estado. Mirémonos nosotros mi miremos cómo le va a Alemania –o incluso a Portugal-. Mientras que en Alemania los socialistas supieron ser leales hasta el final, aunque les pasara factura electoral; ahora veamos donde están. La Historia le agradecerá al socialismo alemán su renuncia electoral a cambio del interés general al formar un gobierno de coalición. A ver qué ocurre en España con el País Vasco.
Pero es que, para empeorar aún más las cosas, en realidad lo que se hace llamar el interés del partido cada vez más se acerca al interés de la cúpula del partido. Las cúpulas de los partidos se arrogan para sí mismas el decidir cuál es el interés del partido. Unas cúpulas cerradas que disponen quien tiene o no visibilidad y, por tanto, quien tiene o no mayores posibilidades de ser promocionado. Normalmente esas personas no son los críticos o los librepensadores, un grupo molesto porque dice lo que piensa y no se pliega al vasallaje; sino que se suelen abrir las puertas de la política a mediocres siempre dispuestos a asumir con razón o sin ella los dogmas partidistas que les sean comandados. Gente criada en el seno de las juventudes del partido correspondiente, que llevan el carné en la boca y que se dedican a “mamonear” en el sentido más literal del término –el que mama de la teta-. Luego dan ya el salto definitivo a la Política con mayúsculas, teniendo como apunte único en su curriculum: “sumiso del/al partido”.
En esta situación, ocurre entonces que el interés de la cúpula de los partidos en algunas ocasiones empieza a difuminarse y ya empezamos a acercarnos a intereses más oscuros. Se empieza “pidiendo” cositas para el “pueblo” –admitimos una recalificación algo rarita si a cambio me haces un polideportivo en el pueblo-. Luego se pasa a pedir para el “partido”: te echamos una mano con esta concesión si a cambio nos consigues unos cuantos votos. Y se termina pidiendo para el propio bolsillo…
Al final la política en puesto de servir a la comunidad para la gestión y el compromiso con lo “público”, se ha convertido en un lugar para realizar el interés privado de cada uno. Mediocres que asumen la política como su modus vivendi y sinvergüenzas con rango criminal que se dedican a prostituirla a través de corruptelas. Por supuesto que hay honrosas excepciones, pero el panorama no es alentador. Y no lo es por lo dicho, porque hoy día los partidos se han convertido ya en instrumentos no para realizar el interés general sino para buscar su propio beneficio y el de quienes los dirigen. Instituciones que han encontrado en la gresca y la confrontación su nicho de votos, la manera de mandar al contrario al extremo y así quedarse ellos con los votos.
La solución tampoco creo que pase por eliminar los partidos políticos y soy muy crítico con las formas de participación directa –algunas muy bonitas sobre el papel pero que podrían suponer un suicidio social si se empezaran a aplicar-. Sin embargo, a lo mejor ayudaría algo si, además de una regeneración social y un mayor compromiso ciudadano, se lograra que los partidos políticos se abrieran más, empezando por el sistema electoral.
En fin, unas breves reflexiones desde las tierras florentinas.
Germán Teruel



Interesante apunte de Ignacio Camacho extensible -como dice él- a todos los cachorros de los partidos nacionales.
http://www.abc.es/20101031/opinion-colaboraciones/grinaninis-20101031.html
GRIÑANINIS
UNO de los problemas que amenazan al postzapaterismo es la ausencia de una nomenclatura socialista de refresco. En la última década Zapatero ha entregado el control del partido a una generación de jóvenes tan ambiciosos como poco preparados que han aterrizado en la política directamente sobre los cargos públicos, sin pasar —como el propio líder— por ningún otro ámbito de formación ni de trabajo; carentes incluso del idealismo elemental que suele impulsar las aspiraciones de entrar en la vida pública. Por eso en cuanto las cosas se han puesto realmente feas el presidente ha tenido que llamar en su socorro a veteranos como Rubalcaba, Jáuregui o Iglesias: también auténticos profesionales del poder pero dotados al menos de la graduación de la experiencia. Detrás del zapaterismo no hay nada; sólo una pléyade de dirigentes sin madurar apalancados sobre el aparato y asimilados antes a los viejos vicios políticos que a las virtudes renovadoras.
A José Antonio Griñán le ha estallado en la cara, a las primeras de cambio, su apuesta por esa generación de jóvenes guardias a la que encargó la liquidación de la anquilosada dirigencia chavista. La dimisión forzosa de su número dos, Rafael Velasco, ante el escándalo de los fondos de formación —740.000 euros— entregados por la Junta a la academia de su mujer, ha desbaratado de golpe la estructura de poder orgánico sobre la que pretendía asentarse el presidente andaluz tras heredar el virreinato de un Chaves con el que ya se ha distanciado. Los griñaninis —ni estudios ni trabajo: copyright del implacable y mordaz Paco Robles— se han salido de la pista a los pocos metros de carrera y han puesto de manifiesto la insolvencia de ese estilo agresivo y talibán que oculta la carencia de principios en una patrimonialización de la política. La crisis deja el liderazgo de Griñán muy desairado y desprotegido; ni funciona su cadena de confianza ni se entera de lo que sucede en su entorno. Pésimo escenario para un dirigente poseído por un altísimo concepto de sí mismo.
Pero más allá del fallido ojo clínico del presidente de la Junta, el episodio interroga sobre la aptitud de una hornada dirigente —no sólo del PSOE, ojo— que se ha saltado demasiado peldaños en su escalada. Esta gente ha crecido en la idea de que la política es un territorio de ambiciones, un campo para una carrera personal en la que resulta fácil acortar el trayecto del mérito o del esfuerzo por los atajos de la maniobra sectaria o la obediencia bien administrada. Y se les ha atrofiado el sentido del servicio público y de la ética civil, hasta provocarles un cortocircuito intelectual y moral del que sólo pueden salir achicharrados. Porque lo peor es que el tal Velasco acaso no entienda aún por qué ha tenido que irse de mala manera. Cabe esperar que al menos Griñán, que es de otro tiempo, sí lo sepa, aunque le cueste admitirlo.
[...] ¿Es eso una Democracia “en serio” o “en serie” –como decía un anuncio-? ¿Queda algo del proyecto de Nación orteguiano? ¿Dónde está la generosidad, la concordia o el ánimo de construir y afrontar un proyecto común conjunto que caracterizó nuestra Transición? ¿Tan pronto se ha evaporado ese espíritu? ¿Dónde está esa clase política ilustrada que los guió? ¿Y qué sucede con la Prensa o de la Universidad como “almas espirituales” de la sociedad (Misión de la Universidad, Ortega y Gasset)? ¿Dónde está esa sociedad despierta y laboriosa que premiaba el mérito y luchaba por unos valores? Avanzamos en un camino de “privatización de la política y degeneración democrática” (http://inpurisnaturalibus.wordpress.com/2010/10/30/la-privatizacion-de-la-politica-y-la-degeneracion…). [...]
[...] El sistema de partidos se convierte así en una lucha por el poder. No importan ideologías ni programas, no importa el interés de los ciudadanos; al final, lo importante, es ganar las elecciones para llegar al poder. Llegar al poder por llegar facilita, como es lógico, supone llegar al poder para medrar –no para gobernar-. Ya hablé en algún momento de esta privatización y su relación también con la corrupción en la …. [...]
[...] adoptar medidas para blindar su propio poder (como el pacto antitransfuguismo). Un ejemplo de esa “privatización de la política” a la que ya hice referencia en un [...]