Recuperándome de mi fugaz viaje a España, después de los resultados de las elecciones que tuvieron lugar ayer y, sobre todo, partiendo de esa #spanishrevolution que se ha extendido por nuestro país y fuera de él; me aventuro a realizar algunas reflexiones. No voy a entrar a hacer un análisis electoral –cuestión que invito a hacer a Josemi-; y prefiero dar mi visión sobre este espontáneo movimiento que ha llamado la atención de todo el mundo y que ha reunido a miles de personas en plazas de distintas ciudades españolas bajo el lema último de “democracia real”. Y ello, además, aprovechando para traer aquí algunas conclusiones del seminario que presenté el otro día en la Universidad de Bolonia sobre el “concepto de Democracia” en dos grandes autores: Kelsen (“Esencia y Valor de la Democracia”) y Fraenkel (“La componente representativa y plebiscitaria en el Estado constitucional democrático”). Tomo la foto que ilustra de las concentraciones en Murcia y está sacada del blog de mi amiga Matete.
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¿Qué es la Democracia y cuál es su esencia?
El concepto de Democracia que mantengo es claramente Kelseniano: la Democracia en sí misma no es más que un mecanismo para la producción de la voluntad general, es decir, para la adopción de las decisiones políticas –aquellas que nos vinculan como miembros de una sociedad organizada-.
Un sistema que se fundamenta en dos grandes principios: la propia libertad, entendida en su doble sentido: como libertad positiva (de los antiguos), es decir, la libertad de los ciudadanos de autodeterminarse y participar de las decisiones que le vinculan; pero, también, que no puede olvidar a la libertad negativa o libertad individual, que es la libertad de los ciudadanos de permanecer exentos de intervenciones o mandatos externos –sobre esta cuestión véase “dos conceptos de libertad”-. El otro principio fundante de la Democracia debe ser, por tanto, la igualdad: todos los ciudadanos al participar políticamente y expresar su voluntad son iguales.
En este sentido, siguiendo a Kelsen, el sistema democrático permite así, con la participación de los ciudadanos (libertad positiva) en condiciones de igualdad, promover la libertad en el grado más alto a través de un sistema de adopción de decisiones mayoritario, que busca alcanzar el consenso, y que en todo caso debe respetar también la posición de la minoría.
Y es que, y es aquí algo importante, frente a las teorías comunitaristas, creo que la Democracia ha de tomar como base la libertad y el respeto al pluralismo. Debemos respetar que las personas pueden tener visiones distintas y, por ello, nadie puede imponer su concepción del bien o de sus propios valores. De esta idea nacen así los derechos fundamentales como contralímites al propio poder político.
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El necesario modelo de Democracia de partidos
Siendo estas las bases sobre las que creo que debe asentarse el propio concepto de Democracia, un sistema democrático se puede organizar de diversas formas. Fundamentalmente podemos distinguir dos tipos: aquellos que se basan en la formación de la voluntad general a partir de la participación directa del propio pueblo (plebiscitarios); y aquellos que son de tipo representativo, donde los ciudadanos eligen a quienes van a ser sus “mandatarios” en la adopción de las decisiones políticas (el pueblo es el “mandante”).
Ocurre que en sociedades heterogéneas y con gran base social como las nuestras, sólo cabe un sistema democrático de tipo representativo. A pesar de las oportunidades que hoy día nos ofrecen las nuevas tecnologías, creo que el sistema político ha de ser preferentemente representativo –ello, como luego diré, no impide que se introduzcan en él elementos plebiscitarios-. Y es que, por más que desarrolláramos mecanismos técnicos que nos permitieran a todos los ciudadanos adoptar de manera directa las decisiones políticas y pudiéramos eliminar así el Parlamento, sin embargo esto presentaría sus problemas de fondo. Un sistema plebiscitario elimina prácticamente las posibilidades de reflexión y discusión racional sobre las que se debiera sustentar el parlamentarismo –al menos en teoría- y reduce la decisión política a un “sí” o un “no” sobre una determinada propuesta. Algo que, como advierte Fraenkel, puede terminar llevando a concepciones “unitarias” de la voluntad general y presenta una tendencia proclive a derivar en sistemas personalistas e, incluso, en “dictaduras-cesarísticas”.
Dentro del sistema representativo, además, creo que debemos asumir también de forma necesaria el sistema de partidos políticos. Los partidos políticos son entes esenciales para articular la voluntad de los ciudadanos en sociedades de masas plurales como la nuestras. En este sentido, Kelsen nos recuerda que los partidos políticos tienen por tanto una importante función constitucional dentro del sistema democrático, y los define como “órganos de la formación de la voluntad del Estado” que deben servir a la racionalización del poder.
Ahora bien, eso no quiere decir que los partidos políticos sean los “soberanos” que controlan la voluntad última; y para evitar esta tendencia hay que buscar mecanismos jurídico-institucionales para que los partidos políticos respondan a los intereses y voluntad de los ciudadanos. Esa es la clave de la auténtica democracia, la “democracia real”, o, por decirlo en otros términos, la “esencia de la democracia”. Lograr un sistema político representativo que verdaderamente responda a los intereses y voluntad ciudadanos.
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¿Por qué hablamos de una crisis del sistema democrático? La privatización de la política
La crisis de la Democracia puede venir dada por causas o motivos y desde su nacimiento tras las revoluciones liberales de finales del XVIII, el sistema democrático ha ido evolucionando y enfrentándose a situaciones de crisis. Así, en el siglo XX, por ejemplo, después de la caída del sistema de Bismark en Alemania y la I Guerra Mundial y tras el colapso de la Constitución de Weimar y la II Guerra Mundial, se tuvo que plantear una verdadera crisis del sistema democrático. El sistema democrático había propiciado la llegada al poder de partidos políticos como los nazis en Alemania, el fascismo italiano, o los partidos bolcheviques. De hecho, este era el punto de partida tanto de las obras de Kelsen como de Fraenkel y de otros muchos autores, los cuales siendo unos creyentes en el sistema democrático, sin embargo observan la necesidad de reforma y de corrección del mismo.
Hoy día creo sin lugar a dudas que nos volvemos a enfrentar a una nueva situación de crisis del sistema democrático que hunde su razón en la ruptura del vínculo representativo entre los partidos políticos y sus representados. Es una comunis opinio el malestar con los políticos en nuestros países y, de hecho, ese movimiento que dado lugar a la spanishrevolution, donde un conglomerado más bien heterogéneo de personas, sin embargo mantienen como denominador común el descontento hacia el sistema político.
A partir de aquí hay varios elementos que resaltar. En primer lugar, creo que el problema base lo encontramos “privatización de la política”. Una privatización de los intereses de los partidos, en contraposición al interés general; pero, también, una privatización de su estructura y vida, que ha llevado a una privatización última del sistema político.
Los partidos políticos tienen que pretender el interés general. Una afirmación que parecería de Perogrullo pero que en muchas ocasiones parece olvidarse. Cualquier partido tiene, por supuesto, su propio “interés de partido”, en el sentido de que han de tener su propio ideario y sobre la base del mismo construir sus propramas políticos; pero no nos confundamos, esto no es tanto un fin último. Los partidos políticos tienen que ser representantes de los ciudadanos con miras a alcanzar ese bien general. Es cierto que, como el bien general luego hay que concretarlo, cada partido presenta un determinado programa político; y, aquellos que obtienen la mayoría, entonces se deben proponer la realización del mismo.
Ocurre que esto se olvida actualmente. Los políticos tienen como fin último el ganar elecciones sin más. Eso no es así. Ganar unas elecciones no es un fin último, sino un medio. Las elecciones en una Democracia son el sistema, el mecanismo para determinar quién tendrá la capacidad de decidir. El fin es la consecución de ese bien común. Pensar única y exclusivamente en el interés electoral, es una forma de privatizar la política.
Por otro lado, los partidos políticos se han convertido en estructuras cuartelarias donde el culto al líder político es la norma general. Si el mandato representativo debe ir siempre de abajo arriba; los partidos político son ahora justo lo contrario, y las decisiones se adoptan de arriba hacia abajo. Se da un control de las cúpulas de los partidos sobre el propio partido y sus militantes.
Esto, unido con lo anterior, intoxica la propia función y fines que les debe corresponder a los partidos políticos, como decía. Se vive una fase de “reducción” del interés público hasta llegar a su última privatización, hasta pervertir el sistema político y convertirlo en un mecanismo para realizar intereses privados, particulares, egoístas. En ese proceso de reducción, pasamos de defender el interés general al interés del partido; y el interés del partido al final se termina identificando con el interés de la cúpula del mismo. Lo cual, suele ser, simplemente el interés por llegar al poder.
El sistema de partidos se convierte así en una lucha por el poder. No importan ideologías ni programas, no importa el interés de los ciudadanos; al final, lo importante, es ganar las elecciones para llegar al poder. Llegar al poder por llegar facilita, como es lógico, supone llegar al poder para medrar –no para gobernar-. Ya hablé en algún momento de esta privatización y su relación también con la corrupción en la política.
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Leyendo a los clásicos para buscar algunas respuestas
Partíamos de que hoy día sólo podemos entender un sistema de gobierno democrático, con participación de partidos políticos, pero en el que éstos no sean los dueños y señores de la Democracia, sino catalizadores de la voluntad ciudadana y servidores al interés de estos. ¿Cómo conseguirlo? Esa es la clave en la que quiero adentrarme ahora, tomando prestadas algunas ideas que hace ya un siglo esgrimían algunos de estos clásicos del pensamiento jurídico-político –tristemente por algo son “clásicos”- e introduciendo también algunas mía.
Ante la crisis del parlamentarismo vivida en el siglo XX, Kelsen proponía un reforzamiento del elemento democrático. En este sentido, en primer lugar propone la adopción de medios que den una mayor participación a los ciudadanos en la adopción de las decisiones políticas. Así, por ejemplo, ampliar las posibilidades de iniciativas legislativas populares o facilitar la realización de referendos, incluso legislativos –algo con lo que soy un tanto crítico-.
Sí que creo que creo que serían de absoluta necesidad la adopción de medidas que permitan una mayor exigencia de responsabilidad a los políticos y el control de la labor política. En este punto, tanto Kelsen como Fraenkel, plantean una reforma del mandato imperativo que desvincula a los políticos de los ciudadanos una vez que están elegidos.
En este punto, yo planearía varias posibilidades. Por un lado, medidas que desde el propio sistema electoral acerquen a los representantes políticos a sus ciudadanos. Si bien es cierto que he defendido el sistema de partidos, creo sin embargo esencial que los ciudadanos no entreguen su voto sin más a las siglas de un partido, sino que sepan en concreto quién va a ser su representante y éste responda ante los mismos. Así ocurre en el modelo anglosajón donde, y eso forma parte de su cultura democrática, ante cualquier problema los ciudadanos se dirigen directamente a sus diputados. Para ello cabría plantear fórmulas de listas abiertas, o circunscripciones electorales pequeñas donde se elijan a pocos diputados, aunque esto último puede tener un problema ya que fomenta tendencias mayoritarias. Por otro lado, la incorporación a los órganos parlamentarios de una “comisión de peticiones” a la que los ciudadanos pueden dirigirse también es un elemento más de ese acercamiento.
En cuanto al control de la labor política, creo que hoy día es necesario profundizar en mecanismos de transparencia de toda la actividad política. Aunque los ciudadanos no participen directamente en la adopción de las decisiones, sí que deben poder tener información de cómo se están llevando a cabo y, aún más, se deberían abrir con mayor facilidad cauces para que la sociedad civil tuviera una voz más clara en el procedimiento legislativo. Habría que volver a dotar de vida a las “audiencias públicas” en el Parlamento, donde expertos y grupos de interés expusieran sus posiciones. Actualmente, al Parlamento llega ya todo cocinado desde el Gobierno, al cual se subordina el grupo parlamentario mayoritario (algo también denunciado por Fraenkel), y, por ello, la parte importante de las negociaciones se hace en sedes ministeriales cuya actividad es bastante menos transparente. Registros públicos de los lobbies políticos y de los financiadores de los partidos políticos serían medidas que darían una mayor transparencia y ayudarían a intuir los intereses particulares que mueven unas u otras iniciativas políticas.
Más allá, propondría también algunas cautelas para prevenir o controlar las actuaciones de los políticos por motivos ajenos al interés público. En particular, sería bueno que existiera un registro claro del patrimonio y de los intereses económicos de los representantes políticos e, incluso, de sus familiares inmediatos. También creo que, a un cierto nivel, sería conveniente introducir un régimen severo de incompatibilidades para el ejercicio de determinadas actividades económicas después de haber sido elegido como cargo político –aunque eso suponga tener que mantenerles durante un tiempo un sueldo-. El caso claro lo tenemos con los expresidentes del Gobierno.
En cuanto a la responsabilidad jurídica de los políticos, Kelsen propone una revisión del privilegio de la inmunidad. En España no estamos teniendo los problemas que en Italia se han visto con políticos que se esconden tras este privilegio para evitar su enjuiciamiento penal; sin embargo, sí que soy favorable a que, al menos, el sobreseimiento de una causa penal por causa de inmunidad sea tan sólo provisional –y casi apuraría diciendo que interruptor de la prescripción del delito-, de modo que cuando esa persona abandone el cargo político pueda, en todo caso, ser enjuiciado por el mismo.
Ahora bien, una de las claves para la revitalización democrática del sistema creo que pasa, como señala Fraenkel, por reforzar el sistema plebiscitario en el seno de los propios partidos políticos: democracia interna. Aquí el sistema americano fue y sigue siendo ejemplar. Las primarias son un elemento excepcional de democracia interna y de selección de los líderes políticos. Algo que ayudaría, además, a que subieran aquellos que verdaderamente son los más aptos para gobernar, como exigía Kelsen; y no los más aptos para “medrar”, que son los que últimamente triunfan más –con honrosas excepciones- dentro de nuestros partidos. Hay que fomentar un verdadero concurso público entre los mejores para que sean estos los que nos lideren. Personas aptas, preparadas, que hayan trabajado, que tengan sus oficios, y que, en un momento de sus vidas, se deciden a entregarse altruistamente para el trabajo a favor de la cosa pública. ¿Suena a mito…?
Del mismo modo, creo que los partidos políticos tienen que recuperar su discurso ideológico; propiciar un verdadero debate de ideas y, sobre la base del mismo, concretarlo entonces en medidas o acciones políticas específicas. Fraenkel decía que los partidos políticos son como grandes casas que incorporarían muchos apartamentos que reúnen a personas que se identifican con una política global, pero no necesariamente con todas las posiciones políticas del partido. Esa línea de pensamiento global es lo que yo identifico con la ideología, el ideario de un partido; algo hoy día perdido. ¿Qué es ser socialista? ¿O popular? Creo que los partidos políticos no tienen una ideología de base con la que identificar a los ciudadanos y que sirva de llamada para que participen en su seno por compromiso ideológico –no por interés-.
Por último, diré que en definitiva y más allá de reformas institucionales, es necesaria una sociedad civil fuerte y comprometida políticamente. La educación democrática y el compromiso político de los ciudadanos son esenciales. Si al final los propios ciudadanos se mueven sólo por intereses egoístas y no se preocupan de la res pública, no podemos pedir entonces que nuestros “representantes” políticos se comporten de manera diferente. Si nosotros nos dedicamos a evadir impuestos porque pensamos que el Estado es un ladrón, luego no nos quejemos cuando los políticos traten también de sacar provecho del mismo. Reitero: el compromiso político de los ciudadanos es un ingrediente esencial para que las cosas empiecen a cambiar.
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¿Cómo veo este movimiento de “democracia real”?
Es una expresión de un sentimiento general y, en principio, soy favorable a cualquier manifestación que denote ese compromiso político y la viveza de la sociedad civil, en contra del anquilosamiento partidista que nos rodea. Además, es otra muestra más de la fuerza que hoy día las nuevas tecnologías están adquiriendo en la información y movilización ciudadana.
Sin embargo, miro con cautela el riesgo de intoxicación con algunos lemas que van más allá de la base común que por muchos es compartible. En este sentido, ha estado bien la decisión adoptada por los manifestantes en Sol de controlar las banderas que se querían exhibir y han sido ejemplo en el mantenimiento del orden público. Ahora bien, el liderazgo o la voz de este grupo no puede quedar en manos de aquellos más radicales, normalmente de grupos antisistema o de grupos con ideologías más extremas –aquí generalmente de izquierdas-; sino que se deben buscar personas que sepan atraer el consenso de esa gran masa de población descontenta con la deriva del sistema de partidos actual y ello en torno a unos lemas muy claros y bien definidos.
Por otro lado, me preocupa la llamada a la insumisión y, sobre todo, el afán por sentirse como el “verdadero” pueblo que se impone a las instituciones del Estado. Un grupo de personas reunidas, a pesar de su elevado número, no son titulares en sí del poder político y han de estar sometidos por igual al imperio de la Ley. Somos un Estado democrático, pero también un Estado de Derecho, y parece que esto último se olvida con mucha facilidad. De ello se deriva que las leyes han de emanar de la voluntad del pueblo (en este caso a través de nuestras instituciones representativas), pero no por ello se pueden cambiar como se quieran, sino que hay que respetar el ordenamiento. Eso es un Estado de Derecho.
No voy a entrar en consideraciones de fondo acerca del mayor o menor acierto jurídico de la Junta Electoral Central (JEC) ordenando la prohibición de este tipo de manifestaciones en el período de reflexión –aunque sí que intuyo que asistían razones jurídicas serias a la JEC para adoptar tal decisión-. Pues bien, una vez adoptada hay que respetarla y, en su caso, recurrirla ante los órganos competentes. Lo que no se puede hacer es declararse insumisos a ella y menos aún creerse con una legitimidad superior por el hecho de ser un grupo amplio de personas para imponerse a los órganos democráticos competentes para resolverlo.
Ahora nos puede parecer muy bonito el decir que la JEC ha atentado contra nuestros derechos fundamentales y por tanto nosotros mismos (hablando por boca de los manifestantes), jueces y parte en el asunto, decidimos que no la respetamos. Pues muy bien, cuando salen a la calle un millón de personas criticando la Ley del aborto, por ejemplo, o la educación para la ciudadanía, como ellos también consideran que se han vulnerados derechos fundamentales, pues no cumplen con las mismas. Una vuelta a la ley de la selva.
Creo, y así lo he defendido en reiteradas ocasiones, que no cabe un derecho de resistencia en sociedades democráticas. Las leyes podemos criticarlas; ejercer, como decía Kant, nuestra “libertad de pluma”, que es el último baluarte que le queda al pueblo en la defensa de sus intereses; pero no enfrentarnos activamente y declararnos insumisos. Son muchos los mecanismos que tenemos, empezando por el recurso a la jurisdicción ordinaria, el amparo constitucional o, incluso, por encima tenemos también órganos jurisdiccionales internacionales. Y luego, por supuesto, recursos políticos. Pero nunca la insumisión. Recordando a Sócrates diré que podemos pensar que una decisión es justa o injusta, acertada o equivocada; pero no hay mayor injusticia que el propio incumplimiento de la Ley.
Sería bueno que estos movimientos no sean efímeros y sirvan para comenzar un debate serio a nivel social sobre cómo enfrentarnos a esta partitocracia que hoy día nos domina y estimulen así a una gran parte de los ciudadanos hasta ahora adormecidos y desencantados pero a los que les gustaría comprometerse y pensar que “otro mundo es posible”.
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Sin Democracia sólo hay dos las alternativas: o una autocracia o el retorno a la anarquía, a la ley del natural. Ahora bien, cuando sus ciudadanos no se sienten identificados con sus partidos políticos, es la muerte de la Democracia. Como escribe Saramago en su libro “ensayo sobre la lucidez”, ¿qué ocurriría si los ciudadanos en un golpe de lucidez votaran todos en blanco? Es un síntoma de esa muerte de la Democracia. Por ello nosotros, jóvenes, debemos estar atentos, preparados para volver a defender ese Estado democrático real que tanto ha costado conseguir, volver a la luz ilustrada, y, para ello debemos aprender de la historia, que como dijera el gran maestro Cicerón, es “ testis temporum, lux veritatis, vita memoriae, magistra vitae, nuncia vetustatis” .
Germán Teruel
PD. Os dejo también el comentario de José Luis Pardos:
http://joseluispardosperez.blogspot.com/2011/05/segunda-visita-la-democracia-real-en-la.html



Referéndum HOY, Referendum Mañana y Cada vez que el pueblo lo quiera!! ellos nos representan cada dia no cada 4 años. #democraciarealya
Hola:
Sólo apuntar que Sócrates lo que es desobedecer, desobedeció las leyes, hasta tal punto que le condenaron a muerte por ello. Tuvo la oportunidad de parar de “delinquir”: conversar con la gente de Atenas criticando a todo y a todos (el paralelismo es bastante obvio con las protestas actuales), de forma que algunos de sus conciudadanos consideraron que estaba corrompiendo a la juventud. Tuvo la oportunidad de pedir disculpas por algo que él no consideraba delictivo conforme a las leyes de la ciudad, pero se negó, lo que le acarreó la sentencia de muerte. Lo que acató Sócrates hasta las últimas consecuencias es la vida en sociedad: antes que huir para salvar la vida (reconociendo así de algún modo que tenía algo por lo que huir, aceptando su culpabilidad) prefirió sostener su versión de los hechos ante los demás ciudadanos, incluso aunque esto le acarreara la muerte.
Me parece que más bien este pasaje histórico es una ilustración de cómo la democracia puede fallar, y en ningún caso un ejemplo de respeto a la autoridad por la autoridad.
En este caso, la actitud paralela sería recibir impertérritos los golpes que recibiremos cuando lleguen los desalojos (que llegarán), y ante los posteriores juicios por desobedecer la decisión de la junta electoral reconocer que se estaba en dichas concentraciones. Que no manifestaciones, pues el Sábado no se realizó ningún llamamiento a la reunión, simplemente se avisó de que la gente podía seguir saliendo a la calle a reflexionar…en definitiva, se eliminó el formalismo por el que la JEC pretendía regular sobre personas, siendo su única competencia los partidos políticos. Si la justificación de la JEC para prohibir las concentraciones era la petición de opciones de voto (como no votar a ciertos partidos) en las mismas, no puede considerarse entonces bajo la misma circunstancia a las concentraciones del Sábado, en que todos los concentrados acordaron dejar de hacer llamamientos de ese tipo. Vaya, en realidad nos encontramos ante un error por parte del gobierno al considerar estas concentraciones ilegales, “pero tolerarlas”. Y volviendo al hilo de los juicios, negar que la JEC tenga jurisdicción sobre personas a título individual, o que se cumpliese ese formalismo que empleó para declarar las concentraciones ilegales.
En definitiva desenmascarar unas intenciones específicas, políticas, de esas decisiones, pues tuvimos esos días la suficiente entereza para acatar los requisitos arbitrarios impuestos desde los órganos de poder, que querían evitar el ejercicio de determinados derechos ciudadanos.
Sobre esa mucha gente que puede salir a la calle a pedir algo con lo que está o no de acuerdo, de nuevo pienso que estás equivocando la comparación, pues ellos pueden muy bien desobedecer la ley cuando les competa a ellos: por ejemplo negándose a realizar un aborto si son médicos. Yo por mi parte exigiré a la administración el cese de estos médicos por dejación de funciones, y la correspondiente multa.
Se me ocurre que si pasamos a respetar todos las leyes siempre, y una mayoría se une, cambia la constitución, cambia derechos fundamentales, deja de considerar que todos tengamos los mismos derechos….sigue siendo algo totalmente democrático…que nunca acataré. Pues hay que tener claro que hay que comportarse éticamente antes que legalmente. Las leyes tienen que ser una plataforma de entendimiento y convivencia, no un indicador de cómo hemos de conducirnos en la vida. Eso sí, acatando hasta las últimas consecuencias la desobediencia de dichas leyes, si esta se da (no vale quejarse de “todos esos impuestos” y pensar que evadir impuestos es ético y luego hacer uso de hospitales, carreteras…).
Para terminar al hilo de tu alabanza a la historia (al final me ha quedado un comentario más largo de lo esperado!), tú mismo has recordado el ejemplo de la Alemania Nazi y de cómo la democracia legitimó un régimen totalmente inaceptable.
Un saludo
Pablo
Sócrates, condenado, tiene la posibilidad de escapar y decide no hacerlo; enfrentándose incluso a sus discípulos. Es un ejemplo de una decisión errónea de los órganos democráticos pero que es asumida y respetada, aunque no compartida, por la víctima de la misma. Kelsen, por su parte, toma como metáfora en el mismo sentido el pasaje de la condena a Jesús por Pilatos y el indulto a Barrabás. Dos ejemplos de decisiones erróneas que son asumidas con humildad.
En cuanto a la decisión de la JEC, ya dije que no entraba en el fondo porque no lo he estudiado como para pronunciarme sobre su mayor o menor acierto. El voto particular de Varela discrepando de la decisión de la mayoría me parece bien fundado y puede que lleve razón con que ha habido una extralimitación de la JEC. Sin embargo, por más que pudiera considerarla inadecuada la decisión, lo que me correspondería como ciudadano es apelar a las instancias superiores; pero nunca declararme insumiso a ella. Es una orden vinculante dada por un órgano competente. Y, en cualquier caso, la crítica la hago al fondo, a aquellos que consideran que hay un derecho de resistencia en el pueblo.
No me gusta el “poder desnudo”, aunque sea el poder del pueblo, porque cualquier poder desnudo puede terminar fagocitando la libertad individual de las personas.
Que nooo que poner la otra mejilla, no es irse de la plaza, es aguantar los palos para que se vea quién es el que tiene la razón.
La resistencia ante situaciones injustas es fundamental para el avance de la sociedad, y esta se inicia desde la ilegalidad en multitud de ocasiones, simplemente porque la injusticia emana tan frecuentemente del poder.
Sócrates se condena a sí mismo desafiando a los conciudadanos que están juzgándole, se burla de los cargos con que le acusan, persiste en su actitud. O no es la interpretación de la ley que sus enseñanzas son ilegales, y por tanto deberían cesar y él retractarse de dichas enseñanzas? Pues no lo hace, esa es una parte esencial para entender las motivaciones de alguien que hace frente al poder, a las leyes injustas, desde la resistencia activa y no violenta.
El poder desnudo…bueno, no hay nadie tratando de imponerse como poder a otro alguien, si lo que se ejercen son derechos individuales, como el de reunión. El poder tiene que ser en definitiva la capacidad de que otros lleven a cabo las acciones que tú deseas. Y sin embargo…si el poder del pueblo pudiese cristalizarse como tal, sin ninguna ingerencia de elementos específicos (lo cual está muy lejos de ser lo que ocurre en las concentraciones, somos un grupo de gente, no toda la gente), ese poder sería legítimo (pero vamos, que lo formulo como una utopía que nunca podría ocurrir).
Luego y ya poniéndome en plan oportunista, y en parte por aclararme con la legalidad de lo que pasa ultimamente: qué ocurre cuando se suceden cargas policiales como las de plaza Catalunya?
-No se enseñan órdenes, y lo más grave no se llevan identificaciones, por lo que en realidad nos encontramos ante ciudadanos que se han pueso un uniforme pero están ejerciendo como policías (no se si esto será por haber visto demasiadas películas, pero qué es lo que ocurre cuando un policía no se identifica? Cuál es su poder legal para actuar?
-La policía actúa brutalmente (bendita sociedad de la información y benditos móviles con cámara) y la actitud del poder es claramente de corporativismo, “aquí el único que incumple la ley (sin decir qué ley se incumple) es el concentrado, la policía se ha comportado con total corrección”
Por otro lado, y contestando a tu proposición de que se recurran las decisiones judiciales injustas por las vías legales: la politica de los hechos consumados juega siempre a favor del poder establecido, mientras que el derecho debería proteger a la parte más débil. Si construyen una macrourbanización en un lugar protegido, y se reclama por los cauces jurídicos, como está ya construído en la mayoría de casos se falla que no se derruya la construcción.
Si se desaloja voluntariamente la plaza ante una orden de un tribunal que no tiene competencia (vale, no entramos a fondo en la sentencia, pero si no tiene competencia no es desobedecer una orden, es como si el tribunal de aguas dicta sentencia sobre un robo a mano armada), el ejecutivo alcanza sus objetivos, que son detener unas protestas que en ningún momento le permite recurrir a los habituales subterfugios para disolverlas (la violencia, el comportamiento incívico de los concentrados, el malestar de los vecinos, el no cumplimiento de alguna arbitraria ordenanza municipal…). Así, se evita que algo que no es del agrado de dicho ejecutivo siga creciendo.
En otras palabras: si el efecto que se busca es inmeditato, qué sentido tiene declarar pasado el tiempo que lo que se llevó a cabo no fue legal? En este caso, no se puede restituir la legalidad (que se lleven a cabo las concentraciones de ciudadanos en la jornada de reflexion), no tiene efecto retroactivo lo que se declare finalmente.
Por último, sobre la libertad indivudual: hasta el momento la libertad individual que se ha visto cohartada no ha sido la de los manifestantes, por qué entonces relacionas el ejercicio de una libertad con la falta de libertades para otros? Explícalo mejor, pues la usar la falacia del hombre de paja (haciendo ver que este tipo de movimientos pueden cohartar la libertad individual) para este caso no parece muy fructífero, habida cuenta de la actitud ejemplar que están tomando los ciudadanos (y sí, llegará la agresión de alguno de ellos al policía, y todos dirán que se ha radicalizado el movimiento y lo usarán como excusa…pero seguirá siendo sólo uno, a título individual y sin el respaldo de todos los manifestantes pacíficos…incluso aunque lleguen a acciones aún más graves, como podría fácilmente ocurrir sin los medios audiovisuales de que disponemos hoy en día, y como aún puede ocurrir en un futuro próximo).
Un saludo
Este artículo de ABC de hoy creo que da una visión muy justa de el movimiento del 15-M, su significación y también límites, sobre la base de una comparación con el mayo de 68 francés:
http://www.abc.es/20110528/opinion-la-tercera/abcp-mayo-espanol-20110528.html
[...] bien, advirtamos también los riesgos de las tendencias plebiscitarias, y para ello me remito al artículo que dediqué al 15-M. Lo que ahora vivimos es una “corruptela” del sistema político, de nuestro orden [...]