Dice Aznar que el movimiento del 15-M responde a una “extrema izquierda radical antisistema”. Muy preocupado tendría que estar si los miles de personas que se identifican con este movimiento fueran sólo parte de la “izquierda” –y además radical-.
Creo que sin lugar a dudas el movimiento del 15-M recoge una extendida sensibilidad ciudadana que se encuentra cansada, por no decir casi que asqueada, de un sistema político autista en el que sus actores se dedican, ante la falta de ideología y de un verdadero discurso, a lanzarse descalificaciones mutuas, a no aportar nada en la búsqueda del interés general y a dedicarse a privatizar en su propio interés el espacio que debería estar regido por el bien colectivo. Una tendencia, por otro lado no novedosa, pero que se ha puesto de manifiesto de manera obscena con la actual crisis económica: se ha demostrado cómo la soberanía democrática queda sometida a los dictados de una oligarquía económica. Son muchas las dudas que suscitan las respuestas dadas por nuestros políticos para generar “confianza” en los mercados y siguiendo las directrices de distintos organismos y sectores financieros. ¿Acaso no se podría haber inyectado directamente el dinero público a los ciudadanos en puesto de rescatar bancos sin que estos luego revirtieran el mismo a favor de las economías domésticas? ¿Ante los ataques especulativos no se podría haber regulado el mercado de deuda imponiendo tasas e incluso restringiendo las operaciones a corto en los mercados financieros? Son muchas las dudas que se suscitan y ante las que, como no soy economista, desconozco su respuesta más adecuada; sin embargo, intuyo que a lo mejor nuestros “representantes” políticos no han tomado las decisiones más ajustadas al interés de sus ciudadanos, sino guiados por sus grupos económicos más cercanos. Los mercados son necesarios –y han existido siempre-, pero lo que no pueden hacer es gobernar y sus conveniencias y dictámenes no son dogmas de fe (como ha ocurrido con la reforma de nuestra Constitución).
Así las cosas, si se une la crisis de representatividad y el autismo de los partidos políticos, la privatización de la política y la corrupción, la esclerosis de nuestro sistema institucional, se genera el cóctel explosivo que da lugar al 15-M. Los ciudadanos ya no se sienten representados por sus mandatarios, por aquellos a quienes les han dado su confianza para que gestionen los asuntos públicos, y se hace necesario responder. La gente, el pueblo, no renuncia a su soberanía, pero se da cuenta de que el sistema político institucional no le responde, se muestra autista. Y esto ocurre con independencia de las ideologías: no es un sentimiento ni de izquierdas ni de derechas; ni de extremistas ni de centristas; es un sentimiento de mera ciudadanía. Y, aún más, como ha demostrado el 15-O, es un sentimiento cosmopolita, de esa ciudadanía mundial que caracteriza el siglo XXI. Porque no sólo las transferencias de capitales y los mercados son internacionales, también la solidaridad y el espíritu cívico traspasa fronteras.
El problema es que, al final, vivimos –por suerte- en sistemas democráticos y, por tanto, esta respuesta ciudadana debe canalizarse a través de los mismos. Por más que el sistema esté atrofiado y que nuestros representantes políticos sean autistas a la voz de sus ciudadanos, tampoco podemos pretender “cargarnos” el sistema. Porque, sin duda, y a pesar de los pesares, como sistema, y con las necesarias correcciones, es el mejor que podemos pretender.
En este sentido me gustaría destacar varios aspectos. Creo que en torno al 15-M son muchísimos, millones, los ciudadanos que desde posiciones sociales y perspectivas personales muy distintas simpatizan con este movimiento. Simpatizan con el grito de “indignación” ante un sistema político decadente en el que es el “dinero” el que gobierna.
Ahora bien, más allá de ese punto de unión común, creo que se equivocan aquellos que participan de este movimiento cuando tratan de concretar medidas muy particulares y entran en posicionamientos políticos muy de detalle. Y es que la grandeza de este movimiento es que aglutina en torno a ese ideal común a personas muy heterogéneas, por lo que fuera del mismo probablemente no se puedan alcanzar acuerdos en cuestiones de programas concretos. Cuando empiezan a decidir sobre lo humano y lo divino esas asambleas, un tanto anárquicas, se terminan perdiendo adeptos y simpatizantes.
Por otro lado, y aunque en España el movimiento se mantiene con un profundo sentir cívico –a salvo algunos comportamientos aislados-, es cierto que al mismo lo sobrevuelan grupos antisistema –muy organizados por otro lado-, que esperan sacar ganancia en el río revuelto. A través de la denuncia de los males del sistema lo que pretenden en realidad es una impugnación radical del mismo, emprender la revolución que mantienen en su ideario. Ante los mismos, invito a toda la gente prudente a que reflexione. Al final no ha habido revolución (incluida la francesa) que no derive en tiranía y el grito en defensa del “pueblo” sin ningún límite se termina convirtiendo en que cada uno se toma la ley por su mano. Estoy muy preocupado porque hoy día, ante la desafección y el descrédito de nuestras Instituciones, tanto por la derecha más ultraliberal como por la izquierda revolucionaria, cada vez más se siente la llamada a acabar con el Estado. Unos y otros quieren reducir al Estado a su mínima expresión. Pues bien, creo que debemos ser cautelosos, porque aunque nuestro sistema necesite una reforma institucional muy profunda, si atacamos el fundamento del mismo al final a lo mejor nos quedamos en el estado hobbesiano de naturaleza: la ley del más fuerte.
Centrándonos en la respuesta nacional –porque lo cierto es que el 15-M en definitiva se ha convertido y tiene una naturaleza internacional-, España necesita de una reforma institucional que pasa por una profunda revisión constitucional. Los puntos son por todos conocidos: Estado autonómico y provincias, régimen electoral, Senado, independencia judicial, etc. Si no se logra dar una respuesta a las necesidades que van surgiendo al final el sistema puede terminar colapsando.
Lo decía el otro día en una entrevista en ABC Otero, exMinistro en tiempos de Suárez, que al final esto sólo tenía tres salidas: “Yo sería partidario de la gran coalición y trabajaré para convencerles, pero me hago pocas ilusiones. Si no se hace esa gran coalición, la solución dentro del sistema pacífico y democrático tendría que ser la de constituir una fuerza política cuyo único objetivo sea ese, que no se meta en derechas ni izquierdas, y que sepa que a lo mejor tienen que pasar quince años hasta que tenga fuerza de verdad. Eso puede ser el polo que atraiga al ochenta por ciento de la población española para arreglar el desmadre. Luego, hay otra posibilidad. La solución de esto puede venir también por algún drama“.
O los partidos políticos abandonan su autismo y afrontan con altura de miras la necesaria reforma del sistema; o se forma un partido de concentración –al estilo de lo que fue la UCD en su tiempo y como está siendo UPyD- que, más allá de cuestiones ideológicas de fondo, asuma aquella como la base de su programa; o esto se termina torciendo y no se descarta un drama –probablemente no una guerra civil pero revueltas y graves altercados del orden como se están viendo en otros países no serían de extrañar-. De hecho, cada vez vemos como surgen posturas más extremistas y la gente se está volviendo más intolerante.
La respuesta para lograr que este sentimiento ciudadano al final se canalice a través de los cauces institucionales adecuados es mucho más complicada. Saramago planteaba qué ocurriría si en unas elecciones todo el mundo votara en blanco… No sé, pero pienso que el remedio pasa por mucho compromiso ciudadano, porque la gente abandone posturas individualistas y decida cruzar la frontera, como se está haciendo con estas manifestaciones del 15-M –pero controlando a los antisistema-, alzando la voz para que se haga imposible ignorar las legítimas reivindicaciones e, incluso, nunca hay que descartar que haya ciudadanos que se decidan a adoptar posiciones de participación activa en la política para que, si no dan respuesta los partidos políticos “tradicionales”, surja en España –o se consolide UPyD si fuera la respuesta-, un partido que recoja estos sentimientos. Difícil, sí; pero no imposible.
Germán T.


